14.7.10

Romero - El Gobierno de Perón

El gobierno de Perón, 1943-1955

Durante el gobierno militar de 1943, el coronel Juan Domingo Perón logró concitar un vasto movimiento político en torno de su persona, que le permitió ganar las elecciones de 1946. Perón y el peronismo imprimieron a la vida del país un giro sustancial y perdurable.

La emergencia

El golpe se constituyó casi exclusivamente con militares y las decisiones giraron en torno del Ministerio de Guerra, controlado por el Grupo de Oficiales Unidos. Los militares en el gobierno coincidían en la necesidad de acallar la agitación política y la protesta social: proscribieron a los comunistas, persiguieron a los sindicatos e intervinieron la CGT. Establecieron la obligatoriedad de la enseñanza religiosa en las escuelas públicas. Este gobierno militar es muy fácil de identificar con el nazismo.

El acuerdo comercial con Gran Bretaña se mantuvo durante la guerra. Luego de que Ramírez decidiera romper relaciones con el Eje, el gobierno se encontró metido en un callejón sin salida. Ésta fue finalmente proporcionada por Perón. En 1944, Perón llegó a ser vicepresidente y el alma verdadera del gobierno. Admirando los logros del régimen fascista italiano, la clarividencia y la preocupación de Perón lo llevaron a ocuparse de un actor social poco tenido en cuenta hasta entonces: el movimiento obrero. Se los impulsó a organizarse y a presentar sus demandas, que empezaron a ser satisfechas. En muchas casos se trataba simplemente de aplicar disposiciones legales ignoradas.

Desde la Secretaría de Trabajo, Perón expandía los mecanismos del Estado árbitro y a la vez estimulaba la organización de los trabajadores. Los sindicalistas aceptaron el envite del gobierno sin cerrar las puertas a la “oposición democrática”. Tampoco las cerraba el propio Perón, capaz de sintonizar con cada uno el discurso adecuado. Insistió en la importancia de profundizar las políticas de seguridad social, así como de asegurar la plena ocupación y la protección del trabajo. Ante unos y otros se presentaba como quien podía presentar una solución, si lograba para ello el poder necesario.

La oposición democrática empezó a reconstituirse. La liberación de París dio pie a una notable manifestación claramente antigubernamental. Los partidos opositores reclamaron la retirada de los gobernantes y la entrega del poder a la Corte Suprema, último vestigio de la legalidad republicana. Sellaron su acuerdo para las elecciones que veían próximas: la Unión Democrática expresaría el repudio de la civilidad a los militares.

Una multitud se concentró en la Plaza de Mayo reclamando por Perón y su restitución a los cargos que tenía, devolviéndolo al centro del poder, ahora como candidato oficial a la presidencia. Su emergencia coronaba el proceso de la organización y politización de la clase obrera. La industrialización había crecido, y la masa de trabajadores industriales había empezado a expandirse con migrantes rurales. Con la concentración en la Plaza de Mayo se inauguró una nueva forma de participación, a través de la movilización. Los trabajadores definieron una identidad y ganaron su ciudadanía política, sellando con Perón un acuerdo que ya no romperían.

Perón y quienes lo apoyaban se dedicaron a organizar su fuerza electoral, creando un partido político propio, el Laborista. Perón era el primer afiliado y el candidato presidencial. Apoyaron también a Perón muchos dirigentes conservadores de segunda línea, el Ejército y la Iglesia. El impacto de la Unión Democrática quedó diluido por el entusiasta apoyo recibido de las organizaciones patronales hacia Perón. Perón asumió plenamente el discurso de la justicia social, de la reforma justa y posible, a la que sólo se oponía el egoísmo de unos pocos privilegiados. De esta manera dividió a la sociedad entre el “pueblo” y la “oligarquía”. El triunfo de Perón en las elecciones fue claro pero no abrumador.

Mercado interno y pleno empleo

El nuevo gobierno mantuvo la retórica antinorteamericana, distanciada tanto del comunismo como del capitalismo, pero estableció relaciones diplomáticas con la URSS, e hizo lo posible para mejorar sus relaciones con Washington. Estados Unidos siguió dispuesto a hacer pagar a la Argentina por su independencia durante la guerra. Las exportaciones industriales a los países limítrofes, que habían crecido mucho durante la guerra, empezaron a retroceder ante la competencia norteamericana. Las exportaciones agrícolas fueron obstaculizadas por Estados Unidos. En 1948 se lanzó el Plan Marshall, pero Estados Unidos prohibió que los dólares aportados a Europa se usaran para las importaciones de la Argentina.

Vender cereales fue cada vez más difícil. La consecuencia fue una reducción de la producción agropecuaria que se acompañó de un crecimiento sustantivo de la parte destinada al consumo interno. La guerra, la crisis y el aislamiento habían contribuido a profundizar el proceso de sustitución de importaciones. Creció así, junto a las empresas industriales tradicionales, una amplia capa de establecimientos medianos y pequeños, y aumentó en forma notable la mano de obra industrial, que se nutría de la corriente de migrantes internos.

Una alternativa a la propuesta de Pinedo de competir con los mercados externos fue profundizar la sustitución, extenderla a la producción de insumos básicos mediante la intervención del Estado y asegurar así la autarquía. La imagen de la Unión Soviética está presente en esta propuesta. La inspiración autárquica de los militares se dibuja en el Primer Plan Quinquenal.

La política del Estado apuntó a la defensa del sector industrial instalado, y a su expansión dentro de las pautas vigentes de protección y facilidad. Además, las políticas de redistribución de ingresos hacia los sectores trabajadores contribuían a la expansión sostenida del consumo. Perón había optado por el mercado interno y por la defensa del pleno empleo. El IAPI transfirió al sector industrial y urbano ingresos provenientes del campo. Era un golpe fuerte al sector agropecuario, al que sin duda ya no se consideraba la “rueda maestra” de la economía.

La política peronista se caracterizó por un fuerte impulso a la participación del Estado en la dirección y regulación de la economía. Hubo una generalizada nacionalización de las inversiones extranjeras, un proceso de repatriación. La reforma más importante fue la nacionalización del Banco Central. Así, la nacionalización de la economía y su control por el Estado fueron una de las claves de la nueva política económica. La justicia social sirvió para el sostenimiento del mercado interno. Los salarios empezaron a subir notablemente. El Estado benefactor contribuyó decisivamente a la elevación del nivel de vida.

El estado peronista

Justificándose en la innumerable cantidad de conflictos entre laboristas y radicales renovadores, Perón ordenó la disolución de los distintos nucleamientos que lo habían apoyado. No hubo resistencias: probablemente para el grueso de los trabajadores la solidaridad con quien había hecho realidad tantos beneficios importaba más que una autonomía política cuyos propósitos no resultaban claros. Pero a la vez, la organización se consolidó firmemente. La sindicalización se extendió rápidamente.

Las huelgas fueron consideradas inconvenientes al principio. Se procuró solucionar los conflictos mediante los mecanismos del arbitraje, y en su defecto se optó por reprimirlos. Eva Perón se dedicó desde la Secretaría de Trabajo a cumplir las funciones de mediación entre los dirigentes sindicales y el gobierno, facilitando la negociación con un estilo muy personal.

El Estado peronista tenía en los trabajadores su gran fuerza legitimadora. Además, procuró extender sus apoyos a la amplia franja de sectores populares no sindicalizados a través de Eva Perón y de la Fundación que llevó su nombre. Eva Perón resultaba así la encarnación del Estado benefactor, que adquiría una dimensión personal y sensible. La experiencia de la acción social directa terminó constituyendo una nueva identidad social, los “humildes”, que completaron el arco popular de apoyo al gobierno.

El Estado debía vincularse con cada uno de los sectores de la sociedad. Con mayor o menor forma, aspiró a organizar a los empresarios, reuniéndolos en la Confederación General Económica. Con la Iglesia existió un acuerdo básico, aunque fue una relación algo distante. Con respecto a las Fuerzas Armadas, Perón se cuidó inicialmente tanto de inmiscuirse en su vida interna como de darles cabida institucional en el gobierno.

Según la concepción de Perón, el Estado, además de dirigir la economía y velar por la seguridad del pueblo, debía ser el ámbito donde los distintos intereses sociales negociaran y dirimieran sus conflictos. Un gobierno surgido de una de las escasas elecciones inobjetables que hubo en el país recorrió el camino hacia el autoritarismo. Reemplazó a la Corte Suprema mediante un juicio político escasamente convincente y utilizó el recurso de intervenir las provincias. El Poder Legislativo fue formalmente respetado, pero se lo vació de todo contenido real. El “cuarto poder” fue el que formó el gobierno mediante una importante cadena de diarios y otra de radios. Los diarios independientes fueron presionados de mil maneras. La reforma de la Constitución, realizada en 1949, estableció la posibilidad de la reelección presidencial.

Perón utilizó la maquinaria propagandística para dar forma al heterogéneo conjunto de fuerzas que lo apoyaba. El Partido Peronista adoptó una organización totalmente vertical. Lo que inicialmente fue la doctrina peronista se convirtió en la Doctrina Nacional. Todo confluía en el líder, quien formulaba la doctrina y la ejecutaba. Esta retórica era sin duda ajena a la tradición política principal del país, liberal y democrática. Si el peronismo segó sistemáticamente los ámbitos de participación autónoma, no es menos cierto que encarnó y concretó un vigoroso movimiento democratizador, culminando con el establecimiento del voto femenino. Era una forma muy moderna, de democracia de masas.

El régimen tuvo una tendencia definida a “peronizar” todas las instituciones y a convertirlas en instrumentos de adoctrinamiento. Pero la forma más característica de la política de masas eran las movilizaciones y concentraciones. Ya no eran espontáneas sino convocadas. Eran jornadas festivas, despojadas de elementos de enfrentamiento real. Eran el momento privilegiado en la constitución de una identidad, que resultaba tanto trabajadora y popular como peronista.

La derrota de 1946 desarticuló a la Unión Democrática y enfrentó a los partidos opositores con una cuestión difícil: desde dónde enfrentar a Perón. En el radicalismo comenzó un proceso de renovación partidaria. En el grupo de los cuarenta y cuatro diputados, presidido por Frondizi y Balbín, se formó toda la dirigencia radical posperonista. Pero no llegaron a constituirse en una verdadera oposición democrática. Todos los recursos se usaron para acallar sus voces.

Un conflicto cultural

La virulencia del discurso político y sobre todo los encendidos ataques a la “oligarquía” no se correspondían con una conflictividad social real. El régimen peronista no atacó ningún interés fundamental de las clases altas tradicionales. Hubo nuevas incorporaciones de empresarios exitosos. En el imaginario social ocupó un lugar importante el “nuevo rico”. Las clases medias tradicionales tuvieron quizá más motivos de queja.

Las migraciones internas hicieron que se expandieran los cinturones de las grandes ciudades. La novedad fue la brusca incorporación de los sectores más populares a ámbitos visibles, anteriormente vedados. Los sectores populares se incorporaron al consumo, a la ciudadanía, a la política. Ejercieron plenamente una ciudadanía social, que nació íntimamente fusionada con la política. El reconocimiento de la existencia del pueblo trabajador y el ejercicio de los nuevos derechos estuvo asociado con la acción del Estado, y la justicia social fue una idea clave en el discurso del Estado y en la nueva identidad social que se constituía.

La acción del Estado no sustituía la clásica aventura individual del ascenso social, sino que aportaba el empujón inicial. La justicia social venía a completar así el proceso secular de integración de la sociedad argentina. El Estado facilitó el acceso a bienes de consumo y, al fuerte estímulo de la educación se agregó la protección y promoción de diversas actividades culturales. El Estado distribuía una dosis masiva de propaganda. Facilitaba el acceso a la cultura erudita, pero sobre todo distribuía la cultura “popular”. Pese al apoyo disponible, la creación intelectual y artística fue escasa en el medio oficial. Los mejores intelectuales convivieron en instituciones surgidas al margen del Estado.

El peronismo había surgido en el marco de un fuerte conflicto social. Con el correr del tiempo, derivó por una parte en un fuerte enfrentamiento político y por otra parte en un conflicto que, más que social, era cultural. Fue un conflicto cultural el que opuso lo “oligárquico” con lo “popular”. La oligarquía era quien pretendía restringir el acceso a los bienes culturales y excluir al pueblo. Ante la inclusión respondieron ridiculizando al nuevo rico y al humilde habitante urbano, incapaces de manejar los instrumentos de la nueva cultura. Fueron dos configuraciones culturales antagónicas y excluyentes.

Crisis y nueva política económica

La coyuntura externa favorable en la que surgió el Estado peronista comenzó a invertirse hacia 1949. El desarrollo de la industria hacía al país más dependiente de sus importaciones, cuya falta dificultaba el desenvolvimiento de la industria y provocaba inflación, paro y desocupación. En el invierno de 1952 murió Eva Perón, uno de los símbolos de la prosperidad perdida.

En 1952 el gobierno adoptó con firmeza un nuevo rumbo económico con el Segundo Plan Quinquenal. Para reducir la inflación, se restringió el consumo interno. Se apuntaba a aumentar la disponibilidad de divisas para seguir impulsando el desarrollo del sector industrial, clave para el andamiaje del peronismo.

El principal problema del sector industrial era su reducida eficiencia, oculta por la protección y los subsidios que recibía del Estado. La expansión de la demanda había perdido su efecto dinamizador, de modo que el problema comenzó a ser grave para los empresarios. La nueva política económica convocó a empresarios y sindicalistas para discutir las cuestiones de la productividad y afloraron los temas de la ineficiencia de la mano de obra y el poder excesivo de los delegados de fábrica. El gobierno puso sus mayores esperanzas en la concurrencia de capitales extranjeros. Se sancionó una ley de Radicación de Capitales en el marco de una visible reconciliación con Estados Unidos. Esta política hizo que se concretaran algunos proyectos. El más importante fue el proyecto petrolero.

Los logros de la nueva política económica fueron modestos: se redujo la inflación y se equilibró la balanza de pagos pero no se apreciaron más cambios en la industria y en el agro. La política marcaba un rumbo nuevo ya que ni se recurrió a la devaluación ni se redujo el gasto público, que subsidiaba a los sectores asalariados. Esta nueva política se mantuvo dentro de la tradición peronista.

Los comienzos de la crisis económica fueron acompañados de importantes manifestaciones de disconformidad, cuya solución implicó un avance en el camino del autoritarismo para estabilizar y controlar el frente gremial. Perón optó por aplicar una dura represión: prisión a los dirigentes rebeldes y movilización militar a los obreros. Los militares se indignaban ante avances flagrantes del autoritarismo y se preguntaban acerca de la solidez del gobierno. Estos motivos dieron el espacio mínimo para la acción de grupos de oficiales decididos a derribar a Perón. Menéndez encabezó un intento que fue fácilmente sofocado, pero constituyó un llamado de atención para un régimen que no había tropezado con oposición hasta entonces.

Perón aprovechó para establecer el estado de guerra interno y mantenerlo hasta 1955. Restringiendo la acción de los políticos opositores obtuvo un aplastante triunfo en las elecciones.

Consolidación del autoritarismo

Perón inició su segundo período visiblemente consolidado por el nuevo plan económico, la victoria sobre rebeldes militares y sindicalistas y el espectacular triunfo electoral. El fin de la etapa revolucionaria podía hacer presuponer una marcha hacia la pacificación política. Pero había otras fuerzas que empujaban al mantenimiento del rumbo autoritario. En los tres años finales de su gobierno, Perón tuvo una conducta errática. Fue evidente la dificultad para llenar el vació dejado por la muerte de Eva Perón. Se avanzó en la “peronización” de la administración pública y la educación, con la exigencia de la afiliación al partido. Los espacios de la oposición fueron reducidos al mínimo.

Además de marchar hacia el totalitarismo, el régimen procuraba reconstruir un espacio de convivencia con los opositores, empezando por el reconocimiento recíproco. Algunos de los dirigentes opositores se animaron a acercarse al gobierno y dialogar. Este tenue comienzo de una apertura del diálogo terminó en 1953, cuando, en una concentración en Plaza de Mayo, estallaron bombas colocadas por grupos opositores.

Por entonces el radicalismo había definido su perfil, encontrando un ángulo de oposición posible al régimen. Su propuesta se mostraba como la reivindicación del antiimperialismo y la reforma agraria. La reapertura del debate público coincidía con un envejecimiento del régimen y de su lider. Ese año, la fundación del Partido Demócrata Cristiano parecía indicar que la Iglesia se sumaba a esta visión del régimen envejecido.

La caída

La fundación del Partido Demócrata Cristiano marcó el comienzo del conflicto entre Perón y la Iglesia, que rápidamente llevó a su caída. Al gobierno le turbaba la conspicua intromisión de la Iglesia en la política. El conflicto estalló en 1954 cuando muchos sacerdotes fueron detenidos y los periódicos se llenaron de denuncias públicas acerca de la conducta y moralidad de los prelados y sacerdotes. La Iglesia se defendió inundando la ciudad con todo tipo de panfletos. La Marina encontró aquí su ocasión y organizó un levantamiento contra Perón. El intento fracasó, puesto que el Ejército demostró otra vez su fidelidad a las instituciones legales. Perón era prisionero de sus salvadores militares.

Se ensayó una renovación de los cuadros dirigentes y se invitó a los dirigentes opositores a abrir un debate público. Perón había concluido que la posibilidad de abrir un espacio para la discusión democrática que lo incluyera era mínima. Luego de presentar retóricamente su renuncia, convocó a los peronistas a la Plaza de Mayo y lanzó el más duro de sus ataques contra la oposición: por cada uno de los nuestros, caerán cinco de ellos.

Poco después, estallo en Córdoba una sublevación militar encabezada por el general Lonardi. En 1955 Perón se refugió en la embajada de Paraguay. El general Lonardi se presentó en Buenos Aires como presidente provisional de la Nación, ante una multitud tan numerosa como las reunidas por el régimen, pero sin duda distinta en su composición.

La era aluvial

La línea del peronismo

Perón constituía el más activo de los elementos pronazis del gobierno revolucionario. Perón descubrió un instrumento de acción inestimable: su capacidad de orador capaz de convencer a las masas argentinas. La revolución impopular comenzó a hacerse popular. Logró poco a poco imponer sus consignas fascistas en las conciencias de la masa insuficientemente politizada. Un conato de revolución militar obligó a Perón a retirarse transitoriamente del poder pero la marcha organizada el 17 de octubre de 1943 exigió su “libertad”. Todo hacía pensar que los planes políticos del nuevo líder no eran sino un remedo del fascismo.

El Nuevo Orden

Perón triunfó el 24 de febrero de 1946 y comenzó a echar las bases de un “nuevo orden” argentino. Perón contaba entonces con el apoyo de la iglesia, del ejército y de la policía. Sobre esta base comenzó a constituir su organización del gobierno. El “nuevo orden” debía tener dos ceremoniales. La severa tesitura propia de un ejército formado a la prusiana tenía que alternarse con la exaltación de la masa de los descamisados, en quienes se procuraba inocular brutales sentimientos de violencia. La oratoria radiotelefónica constituyó un instrumento fundamental del gobierno. A través de la oratoria, el presidente iba deslizando ciertas ideas políticas.

Perón apartó del primer plano al sector agropecuario y estimuló a la pequeña y mediana industria de capital nacional, lo cual acrecentó también las posibilidades ocupacionales de las crecientes masas urbanas, que mejoraron sus niveles de ingresos y sus condiciones de vida. Instrumento fundamental de esa política fue el Instituto Argentino de Promoción del Intercambio, que debía desviar parte de los beneficios obtenidos de las exportaciones hacia el sector industrial. La idea alrededor de la cual giraba el dictador era la de la organización. La dictadura minimizó la libre expresión de ideas precisamente porque todo el corpulento armazón que la sostenía no resistía el más leve examen crítico.

Las fuerzas de reserva

Mientras se gestaba y se desenvolvía el movimiento fascista, los partidos tradicionales mantuvieron y perfeccionaron sus posiciones teóricas. El Partido Socialista y el Partido Comunista siguieron profundamente ligados a las inquietudes del movimiento social del país. El Partido Radical comenzó a lucubrar soluciones concretas a lo que ellos consideraban que eran los viejos problemas del país que el régimen había agudizado. La violenta captación del país por el fascismo fue el signo de que el problema existía.

6 comentarios:

  1. Anónimo17.11.11

    Muchísimas gracias por estos resúmenes me salvaste la vida!! :)

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  2. Anónimo3.7.13

    Es el primer resumen completo que encuentro. Muchas gracias!

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  3. Anónimo17.9.14

    Muy bueno!!!!!

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  4. Anónimo1.10.14

    grachiee

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  5. Anónimo29.6.15

    Gracias hermano te juro que me re sirvió, estuve toda la noche estudiando las fotocopias, pero encontre estos resumenes que me ayudaron más que los cobanis de los profesores

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